Por: Rubén Darío Toro

Al terminar el  mes de junio, cuando el mundo entero celebra el arcoíris, los Estados Unidos de América en una histórica decisión de su Corte Suprema de Justicia, declaran que es discriminatorio, la no aceptación del matrimonio entre personas del mismo sexo. Y aunque es la decimocuarta nación del mundo en aceptar que la opción sexual de los individuos no puede ser obstáculo para acceder al contrato legal que les permita formar   familia, aparece como adalid de los derechos de la comunidad gay.Y lo hacen justo cuando el polvorín de la segregación racial estalla en cada rincón en que la mayoría  negra, es gobernada por la minoría blanca. Y lo hacen también, cuando un personaje de su farándula y de sus negocios, arremete contra los vecinos del sur  buscando la nominación de su partido para convertirse en el águila que salvará América, teniendo bien medida la reacción  a sus palabras en una nación construida por migrantes y que hoy los latinos, en su gran mayoría  mexicanos, cruzan la frontera   de lo que  por las buenas o por las malas, algún día les arrebataron,  para constituir la  nación más poderosa del planeta.

Pero esto no se trata de los Estados Unidos, ni de  aquellos que buscan casarse, que en mi opinión, no deberían ser sujetos de revisión de derechos, sino de una junta médico-psiquiátrica que determine su salud mental ¡No! Trata del derecho más elemental, el más fácil de respetar, el derecho a la diferencia que debería ser el más básico de los derechos y que  no debería enseñarse, no debería ser regulado por leyes dictadas por los mismos políticos corruptos e incapaces que direccionan nuestras sociedades ¡N0! Debería ser parte de nuestro sentido común,el más básico y elemental de los sentidos y su vulneración no debería tipificarse en leyes; simplemente, no deberían existir. Pero existen y son parte de nuestras sociedades mezcla de pueblos y culturas en desarrollo y evolución que guiadas por intereses religiosos y  políticos cultivan la diferencia entre unos y otros para mostrar un avance de unos, frente al declive de los otros. Olvidando que cuando un individuo decrece, se deshumaniza, es toda nuestra raza la que involuciona.

Los derechos de los niños a una vida digna, a una sana alimentación, recreación, educación,  a no ser violentados… a la vida, no deberían  circunscribirse al oficio de unas letras sobre un papel que llamamos leyes. Los derechos de las mujeres; de los hombres y mujeres de diferente color de piel, de aquellos que toman una opción distinta en su sexualidad, no deberían discutirse en los noticieros de la mañana o  los telenoticieros del medio día para su reivindicación, pues su solo reclamo, nos alerta en lo poco que hemos avanzado como grupos de humanos organizados que llamamos sociedades.

Cada uno de nosotros es responsable de la educación en  tolerancia. Si al caminar por un parque  en compañía de sus hijos menores de edad,  una pareja de hombres o mujeres comparten con total libertad su amor y es interrogado  por los niños, tiene dos opciones, y la vida le presenta otras dos consecuencias, de acuerdo a la respuesta elegida: si les explica con tranquilidad que cada quien puede elegir a quien amar, sus hijos crecerán como hombres o mujeres muy sanos en lo emocional. Si son heterosexuales que están construyendo su identidad sexual, entenderán que el respeto por los otros y las otras, rige la convivencia armónica y los habrá preparado para una vida mejor en la que no tendrán que ocuparse de las diferencias de los otros. Si son homosexuales, y están buscando respuesta  a lo que entienden por diferente, dentro de ellos,  crecerán como unos seres humanos capaces de compartir con otro igual su sexualidad, su amor.  Si su respuesta es la anacrónica de una sociedad machista que irrespeta al que es distinto, en los niños heterosexuales habrá creado la respuesta violenta a todo aquello que no entiende,  y en los niños homosexuales, la insatisfacción de no haber sido entendido por sus padres que debieron ser los primeros en hallar y dar la guía necesaria para comprender su sexualidad, viendo  en esta, una droga en la cual escapará cada vez que no le sea claro, como debe relacionarse con los demás.

¡Las nuevas generaciones no se harán más maricas porque se apruebe el matrimonio entre personas del mismo sexo, tampoco nuestras sociedades  que han tolerado la esclavitud,  la segregación, la muerte de todo aquel que piense diferente, serán moralmente superiores  porque se siga pensando que puede decidirse sobre quien puede amar cada quien¡

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