Los ciclistas de seis

Por: Alejandro Bedoya Ocampo

No se sabe a ciencia cierta el porqué del auge de ciclismo en Colombia. Algunos especulan que  este fenómeno se da gracias la motivación que imprimen las grandes figuras del ciclismo en nuestro país como Nairo Quintana, Rigoberto Urán, Fernando Gaviria, Jonatan Restrepo (hijo de Pácora), Nelson soto (de sangre aranzacita) a las personas comunes, práctica que consolida a Colombia como potencia mundial en este deporte. Otros, en cambio, recalcan que esta costumbre tiene ya un buen tiempo, sólo que gracias al fácil acceso de créditos en los negocios de bicicletas, a la propaganda mediática que tiene este mercado a nivel mundial y a la necesidad de adoptar otros medios de transporte para contribuir a la estabilización del calentamiento global, es que se da esta alza. En Aranzazu hay un grupo de aficionados que a la par de esta fiebre nacional, ha venido creciendo con el paso de los años.

La ciclistas de 6, la familia “AranzazuBike”, no solo incrementa por gente que quiere hacer ejercicio, también se fortalece a diario por una particular situación. Muchos de los integrantes han empezado a incursionar en este deporte dado que el médico les exige rebajar de peso y hacer ejercicio por su salud. Como la rutina después de dominarla hace falta en los quehaceres diarios, pues ahí se quedan intentando alcanzar el ritmo del que más tiene y así poder “quemarlo” algún día.

El reloj marca las seis de la mañana cuando el zumbido de los frenos retumba la plaza de Bolívar. Una ráfaga de viento sacude la primera esquina, cualquiera de tantas que conectan el municipio con el parque, cuando aparece el primer ciclista con ropaje de pantaloneta, casco y toda la indumentaria de seguridad. Pasados cinco minutos aparece otro más discreto, un poco más arropado para evitar el inclemente frio de las mañanas aranzacitas. Mientras los conductores de los jeep ajustan sus vehículos, empiezan salir de las diferentes esquinas uno tras otro evaluando dónde puede ser el lugar de reunión.

Como la cafeína hace parte de la dieta local del ciclista promedio de Aranzazu, lo primero es buscar un café abierto a esa hora. Últimamente el punto de encuentro se ha establecido tácitamente donde el “mocho”, en la esquina superior derecha de la plaza de Bolívar. Seis y pico de la mañana, mucho frío y una intriga: ¿Cuál será la ruta de hoy? Mientras van llegando regados como canicas soltadas al azar, surgen propuestas que se ponen sobre la mesa. Todo depende del día. Mientras que para algunos (como yo) los fines de semana son propicios para largos viajes que tienen como meta otros pueblos o veredas lejanas, para algunos el fin de semana es un mercado bueno y no puede dejarse sin atención. La ruta, pues, depende de la disponibilidad.

En otras circunstancias un consenso entre tantas personas sería imposible, pero aquí sucede toralmente lo contrario. Son muy pocas las veces que el grupo se parte. Dentro de esas causales pueden mencionarse la diferencia anterior o también la carencia prolongada de entreno. Cabe destacar, es común denominador entre el vocabulario del grupo la palabra “desagradecido”. Pero no es contra otros, sino hacia una fémina muy desagradecida: la bicicleta. Si no se consiente siquiera dos veces a la semana, no va a ser a mejor amiga.

La herencia de la riqueza paisajística en nuestro municipio ha sido motivo para que de muchos lugares del mundo nos visiten. Perfectamente un paseo en bicicleta puede llevar a purificar el alma con los chorros de palmichal o la bella vista que produce la altura de la Moravia. Con un sol acrisolado a cuestas cuya sombra es esquiva, se adentran tanto por carriles como por caminos pedregosos, embarrados y lisos. De hecho, la experiencia enseña que cuando hay carriles no es una buena señal, pues eso significa que la loma es complicada y las fuerzas de las piernas no son suficientes, también es necesario entonces el plus del toque competitivo.

Recuerdo que cuando recién empezaba en esto del ciclismo, alguien me dijo al verme casi para bajarme de la bicicleta: “mijo, eso es sino que coja el físico y después se ríe de la vida montando en bicicleta”. Hoy, después de unos cinco o seis años practicándolo, percibo aquello del vuelo del alma y la naturaleza; comprendo que sí hay dolor que valga la pena; he aprendido de la competencia sana; sé lo que es compartir con personas gratas, casi en que en familia; que se logran metas con disciplina, solo que en la vida es a largo plazo.

Al llegar a Aranzazu después de una jornada de montaña, generalmente en estado agónico y sin prisa, termina la correría en el mismo lugar donde empieza todo. Después de un sorbo de tinto oscuro para encontrar el alma que se perdió entre las paredes y las llanuras, unos de comentar quién fue el escalador del día y otros de sacar excusas de por qué no pudieron seguir el ritmo, se pone de presente que solo es un mal momento, y que por tanto no durará hasta el día siguiente.

Adrián Ocampo, Carlos José Velásquez, Guillermo Acosta, Hernán Grisales, Ricardo Alzate, Alexander Vélez, William Botero, Andrés Gómez, Carlos Gaviria, Luis Fernando Alzate, Guillermo Vargas, Mauricio Restrepo, Carlos Alberto Ramírez, Mauricio Montes, Fabio Velásquez, Eduardo Pérez, Rodrigo Londoño, Pablo Andrés Arias, Freddy Castaño, José Abel Ramírez, Arley Ramírez, Wilmar Salazar, Fredy Valencia, Enrique Serna, Juan Diego Gallego, William Ruiz, Genaro Gallego, César Ramírez, Octavio Vásquez, Hernán Cardona, Jorge Andrés Ramírez, Oscar Jiménez, Mauricio Restrepo y muchos otros cuya memoria me traiciona. Ellos son los que madrugan a mover las montañas que sacan a flote los caminos perdidos en Aranzazu. Ellos son los ciclistas de seis…de la mañana.

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