Un pueblo que no tiene quien le escriba

Por: Alejandro Bedoya Ocampo

Hay un sublime encanto que se talla como la piedra y el mármol en los recovecos poco explorados de las hojas de los libros. Para esculpir en ellos una idea que revele  escenas de nostalgia, se necesita un buen lugar de fondo. Es por ello que las mejores novelas del mundo se inspiran en pueblos. Allí sucede que los enamorados de su tierra, inspirados en las curvas que rotulan los senderos de la comarca sin envidia alguna de los inverosímiles perfiles del Olimpo pueden referenciar una idea de tal precisión que el lector se convierte en un cómplice del encubrimiento de un suceso que solo a él le es dado a presenciar.

Quién mejor que Gabo para ejemplificar nuestra idea. Cuando dosificaba sus palabras en obras como “El coronel no tiene quién le escriba” la realidad se confundía con la ficción de tal manera que la descripción de los lugares de aquel pueblo parecían imprescindibles para el trasegar de la novela: su afán por encontrar una carta como respuesta a la solicitud de aquella anhelada pensión que nunca llegó haría que fuese obligado a conformarse con exclamar “yo no tengo quién me escriba”. Una lectura juiciosa de estas palabras tendrían que despertar en cualquiera un estupor difícil de ignorar. Fue entonces el momento de analizar cuán catastrófico sería que un pueblo cualquiera tomase el lugar del coronel. Seguramente sería una escena de terror que no retrataría ni el mismo Stephen King.

Cuando un pueblo no tiene quien le escriba su magia queda enclaustrada como un contenedor que no deja germinar el secreto más estimado ¿cómo conocerán los foráneos de su cultura? ¿Quién querrá sentirse acogido por personas de tan maravillosa estirpe? ¿Cómo sabrán las generaciones venideras de sus raíces? ¿De qué manera nos enorgulleceríamos los que nacimos allí? ¿Cuál sería la manera de enseñar la mezcolanza de colores que posan para las portadas de los buenos libros? De la misma manera en que transcurrían los meses por la ventana de la casa del coronel; la misma que determinaba cuánto faltaba para que llegara el viernes para averiguar por su carta, así trascurrirían los días de nuestro pueblo esperando con ilusión alguien que se atreviera a ponerse en pie de lucha por una causa tan grande como su belleza: “La ilusión no se come, pero alimenta” diría el coronel.

Un escritor tiene el don de contar realidades, inventar acontecimientos o incluso crear mixturas que encajan perfectamente con el contexto en que hablamos. En virtud de ello, resulta curioso  que el animal sobre el que gira la novela de Gabo, un gallo, se asimila dentro del arte de escribir, con un sinfín de escenas que algún día verán la luz.  Aún así, viven en la cabeza del escritor y es allí donde madura totalmente la trama que acordona a cada personaje. A cada párrafo del escrito le corresponde alimentar el hambre voraz de lectores que quieren ahondar, en la medida de lo posible, por lugares deliciosos. Es en capítulo donde comprendemos que es posible conocer grandes ciudades y pueblos, incluidas las diversas épocas, sin siquiera haber viajado a ellos: Desde la antigua Roma en las novelas de Posteguillo, pasando por la París de Cortázar cuyos lugares fueron testigos de los encuentros de La Maga y Horacio Oliveira; la Barcelona de Zafón que retrata “el cementerio de los libros olvidados” hasta el fantástico Macondo de Gabo. Por supuesto, aquí arribamos donde el suscrito quería: el Aranzazu de Edilberto Zuluaga, Rubén Darío Toro, Rodrigo Zuluaga y José Miguel Alzate . Cada uno aportando a su manera la descripción que necesita un pueblo que por fortuna, tiene quien le escriba.

Aranzazu es una novela, sus calles son el papel sobre el que se escriben ríos de tinta; allí pasan acontecimientos dignos de contar, cautivan a sus hijos para que de la manera más emotiva capturen un pequeño fragmento de su historia para así contársela al mundo. Rubén Darío Toro, con un ornamental trasfondo florecido tipo “Cien años de soledad”  se imaginó una toma guerrillera por el amor de Francisca y Manuel; don Edilberto Zuluaga capturó las palabras de Sófocles, con su ingenio  parafraseó la historia de Antígona siendo así como un cura de Aranzazu llegaría a ocupar el lugar de Creonte. Aparece en el horizonte de la prosa intelectual Cesar Montoya, su adjetivo es capaz de llenar de manera elocuente el detalle de los espacios en blanco. José Miguel Alzate, Ancizar Mejía, Rodrigo Zuluaga, Gonzalo Aristizábal (QEPD), todos ellos a la vanguardia de un legado que debe mantenerse vivo aunque pasen los años.

El pueblo que no tiene quien le escriba, no tiene quién lo quiera. Hay  momentos en los que ocupa el lugar padre, madre o hijo, su cuidado es meticuloso. Una tenue fisura en la coyuntura de su historia puede acabar con su renombre. El libro, que con su olor de antaño envuelve la pasión con la que un escritor traza sus palabras, llega como regalo trascendental por parte de los escritores del municipio. Cada lugar debe tener hijos que lo quieran y lo arrullen, que le escriban y lo mantengan vigente, contarle historias como un niño por la noche y quererlo donde se more. El motivo es sencillo: un pueblo que no tiene quién le escriba traduce una gran novela que jamás será contada.

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